Sanar con tinta: tatuajes para curarse el corazón | Vistazo

Sanar con tinta: tatuajes para curarse el corazón

Vida moderna

Sanar con tinta: tatuajes para curarse el corazón

Diana Romero | dromero@vistazo.com Miércoles, 08 de Marzo de 2017 - 07:00
La resignificación del dolor, de una huella de tristeza, el cambio de una marca por otra con más esperanza, que lleve consigo mejores recuerdos, nuevas formas de curarse. Eso es más o menos lo que Vanessa* o Asteri ─un nombre derivado de la mitología griega, que significa “estrella” y como ella prefiere que la llamen─ busca lograr con sus tatuajes. 
 
Asteri vive en un pequeño pueblo de la sierra, pero llegó a Guayaquil para ser parte de un evento especial: un pequeño grupo de mujeres, víctimas de violencia de género y otras manifestaciones machistas, cubrirían con sus diseños las huellas de ese pasado que existe pero que no las define y del que lograron sobrevivir.
 
Esta iniciativa nació por la voluntad de algunas mujeres en el grupo de Facebook #NoCallamosMás y se cristalizó gracias a las redes sociales. Son mujeres apoyando a otras, es un acto de sororidad. “Este es el tipo de tatuaje por el que más me inclino. Es algo así como hacerse cargo del cuerpo de uno para transformarlo”, cuenta la artista con emoción mientras arma su cigarro con hojas de tabaco.  
 
Asteri tiene cinco años como tatuadora, una actividad que perfeccionó en Buenos Aires. Llegó a esa ciudad para estudiar ilustración y quedó enganchada por lo que ella llama “la onda feminista”. Su vida de nómada y mujer libre la han llevado a “mochilear” por toda sudamérica. Su vida de nómada y mujer libre también la ha hecho conocer la violencia. 
 
 
Ha vivido experiencias fuertes, que la han marcado, pero ninguna con un desenlace fatal. “Estaba en Brasil, viajando “a dedo” con mi compañera y nos subimos a un camión. Desde el principio el tipo no nos dio buena espina. Conversábamos tranquilamente y ella se da cuenta de que mientras él hablaba con nosotras, se estaba masturbando. Me quedé en shock pero ella reaccionó. Nos bajamos apenas pudimos”, recuerda. 
 
Según la Primera Encuesta de Violencia de Género realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos, que fue difundida en el 2012, en nuestro país el 60,6% de las mujeres ha vivido algún tipo de violencia. Asteri y las demás protagonistas de este reportaje no están excluidas de esta estadística. 
 
Era domingo y la convocatoria para la jornada de tatuajes se realizó en un pequeño estudio de grabación en el norte de Guayaquil. Hasta allí llegó Ana*, una estudiante universitaria de 20 años, que más que ir por un tatuaje, fue por un símbolo: la representación gráfica en su piel del triunfo de sus propios deseos sobre la voluntad de su familia. 
 
“Aparte de mi mamá, soy la única mujer de mi casa, única entre varios hermanos y he vivido mucho el machismo desde la niñez. Cada cosa que opinaba y que estaba en contra de lo que ellos decían era interpretada como rebeldía, como que era malcriada”, cuenta. 
 
Desde ese día, lleva unos pequeños hongos tatuados en su espalda. Explica que para ella los hongos son el centro del orígen de la vida y la conexión de la tierra con el ser, al no ser ni plantas ni animales. Habla con pasión y con suficiencia del tema porque estudia biología: lo que siempre quiso y no lo que le impusieron. Su tatuaje se lo recordará por siempre. 
 
Pero mientras la cicatriz de Ana es espiritual, la de Alicia* es física. 
 
Alicia, de 25 años, hasta ese día tenía vergüenza de ponerse falda, vestido o mostrar sus piernas de alguna manera, porque allí estaba la evidencia de los que fueron los años más duros de su vida. Las miradas y las preguntas de las personas al verle su cicatriz no le permitían olvidar. 
 
 
 
Su historia de maltrato empezó de forma emocional, verbal y luego escaló a lo físico, primero en su hogar y luego se extendió a su vida en pareja. 
 
Una noche, luego de una discusión con gritos, golpes y de sentirse acorralada, compró una botella de alcohol y subió hasta un cerro de la ciudad. Miró la ciudad y lloró por largo rato. Por un momento pensó que era buena idea bajar corriendo, sentir el viento en la cara, disfrutar de un poco de libertad. Al descender, cayó de una forma tan desafortunada que rodó varios metros hasta golpearse y cortarse con un pedazo de metal oxidado. La herida en su pierna tenía algunos centímetros, llegaba hasta el tobillo y dejó una cicatriz visible. 
 
Según el estudio del INEC, el 90% de las mujeres que ha sufrido violencia por parte de su pareja no se ha separado. A Alicia la decisión de alejarse de ese universo de maltrato en el que vivía y que la obligaba a maquillarse el rostro para cubrirse los moretones apenas a sus 18 años, le costó mucho, pero finalmente lo logró. 
 
Ahora, la cicatriz está oculta por un medusa que Asteri dibujó en la pierna de Alicia y que cubre y da otro sentido a esa huella de su pasado doloroso.  
 
Muchas mujeres en el mundo intentan mejorar, mediante tatuajes, los rastros del cáncer de seno en sus cuerpos. Asteri busca hacer algo parecido con las diferentes huellas de maltrato físico y psicológico. Es un tema de intenciones, de connotaciones, porque aunque no esté curando con alcohol una herida recién abierta, dibujar con agujas sobre estas cicatrices es ciertamente otra forma de sanar. 
 
*A pedido de las entrevistadas, todos los nombres y algunos de sus datos han sido cambiados.