Si se mueve, ponle impuestos | Vistazo

Si se mueve, ponle impuestos

Opinión, Alberto Acosta-Burneo

Alberto Acosta-Burneo

Si se mueve, ponle impuestos

Lunes, 10 de Abril de 2017 - 10:37
Los elevados déficits fiscales registrados a partir de 2013 evidencian la precaria situación económica que atraviesa el Ecuador. Al Estado ya no le alcanza la plata: gasta más de lo que recibe por ingresos y busca completar el faltante con endeudamiento y con nuevos impuestos. ¿Existe otra alternativa? ¿Es una locura la propuesta de reducir impuestos? 
 
Dentro de la lógica oficialista hablar de reducción impositiva es una herejía. El populismo de la Revolución Ciudadana cree que cumple con una misión histórica. Al Estado se le ha asignado las características de una deidad: noble, justo y solidario. De los ciudadanos se espera resignación y obediencia. Que aceptemos que el Estado está por encima de nuestros mezquinos intereses individuales. Sin embargo, esta visión de la sociedad está condenada al fracaso, tal como ya sucedió en otras latitudes con los socialismos, comunismos y fascismos, porque desconocieron que el impulso al crecimiento nace de la iniciativa individual y no del Estado. 
 
Hay dos pruebas sencillas para determinar si el Estado ya es demasiado grande. La primera, cuando busca meterse en nuestra vida y decirnos cómo pensar, vivir o qué consumir. La segunda, cuando incrementa la carga tributaria todos los años, pero aun así, no le alcanza la plata. 
 
Hemos llegado a un punto en el que los impuestos se han vuelto en contra del bienestar general porque desalientan el consumo y la inversión. Urge una reforma tributaria para reducir los costos de producción e incrementar nuestra competitividad; que se traduzca en una disminución en los precios de los bienes y servicios; que incremente la capacidad adquisitiva de la población. 
 
No seamos miopes pensando que solo las empresas o los ricos pagan impuestos. Los tributos se transfieren a los consumidores a través del precio y terminan afectando con mayor fuerza a la población de menores ingresos. Absolutamente todos los productos y servicios tienen en su cadena de producción un componente que pagó impuestos.
 
Frente al desafío de cerrar el gigantesco déficit fiscal, la respuesta no puede seguir siendo subir impuestos. La solución está en poner un límite al Estado en relación al tamaño de la economía. Tanto Estado como sea imprescindible, siempre que esté acorde con nuestro nivel de ingresos. 
 
Esta transformación implica abandonar la filosofía plasmada en la Constitución de 2008 de que más Estado siempre es mejor. La aplicación de este precepto nos llevó a ganar en 2014 el título de segundo mayor gasto público de las Américas, solo superado por Venezuela.
 
El bienestar y el empleo se logran incentivando la colaboración social a través de reglas claras para la inversión y el consumo. Más dinero debe estar en los bolsillos de los emprendedores para que puedan invertirlo y de los ciudadanos para que decidan en qué gastarlo.
 
Queremos Estado, sí. Pero no al extremo de exprimir al aparato productivo y a los ciudadanos. Es tiempo ya de abandonar la conocida política de “si se mueve, ponle impuestos; si se sigue moviendo, regúlalo”.