Liderazgo | Vistazo

Liderazgo

Opinión, Alfredo Pinoargote

Alfredo Pinoargote

Liderazgo

Viernes, 19 de Mayo de 2017 - 11:01
Después de 10 años ininterrumpidos de ejercer autoritariamente la presidencia no será fácil borrar la huella que deja Rafael Correa. Se han creado comportamientos de gobierno, oposición y ciudadanía que tardarán mucho en cambiar por la razón de que se va voluntariamente. 
 
​No lo botó un alzamiento popular que borra su legado con el poder constituyente de plenos poderes. Lo sucede la persona que él escogió porque era el único en Alianza PAIS capaz de ganar una elección como postulante de un estado candidato sin petrodólares. Es decir con las completas. 
 
Por ello es imprescindible que el presidente electo Lenín Moreno ejerza con firmeza el liderazgo que ha anunciado, porque la transición de la confrontación al diálogo encontrará resistencias en gobierno y oposición. De allí resulta esencial que Lenín Moreno haya sido ungido como nuevo presidente de Alianza PAIS. 
 

Esa vieja costumbre de la liberación de la disciplina partidista era en definitiva un arbitrio para dejar desnudos a los presidentes de todos los ecuatorianos que ni siquiera tenían el compromiso de su propio partido. Y así desnudo no se puede ir al diálogo. Un régimen presidencial con un presidente jefe de estado, que no es jefe de todas las funciones del estado sino su guía moral además de jefe del gobierno y de las fuerzas armadas, es absurdo que no sea el jefe de su partido político. El régimen presidencial es odiado entrañablemente por la partidocracia porque siempre ha jugado al gato y al ratón con presidentes que pierden el control de su partido absorbido por la partidocracia.  

El presidencialismo no es malo y por ello muchas de las cosas buenas que logró Rafael Correa fueron gracias al sistema presidencial, lo malo fue los abusos que cometió Correa al asumir la jefatura de todas las funciones del estado lo cual es inconstitucional. Lo malo entonces es la dictadura no el presidencialismo. 

Si no hay una autoridad consolidada el diálogo es un fracaso y la vía más rápida al caos. Y eso es lo que menos necesita ahora la república que urgentemente requiere un acto de autoridad del nuevo presidente en el sentido de marcar distancias con la confrontación que afirma querer desterrar. En ese sentido amnistías de la asamblea e indultos presidenciales a quienes alegan la criminalización de la protesta social sería un paso firme para afianzar una era de diálogo con autoridad, no a través de mensajeros descartables.
 
Un acto de gobierno de esa naturaleza debe encontrar como respuesta la madurez de sus interlocutores porque la bomba de tiempo del déficit fiscal no admite experimentos, chantajes ni más alargues. El inicio de un período de gobierno proporciona los espacios que la campaña electoral se tragó, y eso es lo que se debe aprovechar por el bien común liberado de las urgencias de la campaña. Los primeros 100 días, que equivalen al de un contrato a prueba, deben ser despejados el mismo día en que la confrontación deja el poder y el diálogo lo inaugura.