La talla de un expresidente | Vistazo

La talla de un expresidente

Opinión, Carlos Rojas Araujo

Carlos Rojas Araujo

La talla de un expresidente

Viernes, 07 de Julio de 2017 - 12:36
Fue también en la década correísta que el Ecuador vio desvanecerse a una de las instituciones más poderosas que tenía la política: la figura del expresidente. Aquel personaje que por su experiencia bien podía servir como un orientador frente a los problemas nacionales. O, como también sucedió, que debido a su capital político, representado en los partidos que controlaban el Congreso y las alcaldías, se convirtió en un foco de ingobernabilidad y bloqueo. 
 
La Revolución Ciudadana no tuvo en los exmandatarios una razón por la cual preocuparse.  Varios factores jugaron en ese sentido. Por ejemplo, la muerte, en 2008, de León Febres-Cordero, el político hasta entonces más influyente del país. El silencio, a ratos injustificable y reprochable, de Rodrigo Borja, uno de los mandatarios mejor valorados por los ciudadanos; o el envejecimiento de Sixto Durán-Ballén, fallecido el año pasado. Qué decir del desprestigio que ronda a Bucaram, Alarcón o Mahuad y de la debilidad política de Gustavo Noboa y Alfredo Palacio. 

En estos años, solo se destaca la oposición valiente de Osvaldo Hurtado, víctima de un verdadero linchamiento político, pues al correísmo no le ha importado torcer hasta la historia con tal de invalidar sus argumentos. 

En cambio, el deterioro electoral de Lucio Gutiérrez ha sido inversamente proporcional a la fuerza que Correa acumuló hasta que, por miedo a perder su tercera reelección, decidió cederle la candidatura a Lenín Moreno. 

A pesar de que en Alianza PAIS este relevo se forzó con año y medio de anticipación (las enmiendas y la transitoria constitucionales sobre la reelección se aprobaron en diciembre de 2015), Correa no logra asimilar su nueva realidad política y así darle talla a su condición de expresidente. 

Todo el estrés que refleja su salida de Carondelet se ha trasladado al manejo de las redes sociales, donde comanda un enfrentamiento patético y peligroso. No sorprende que Correa polemice en todos los escenarios; afín de cuentas es un caudillo, no un estadista. 

El problema, sin embargo, radica en haber rebasado la línea que separa al adversario político del ciudadano común y corriente. Y en ese afán de neutralizar los serios cuestionamientos que dejan sus años de gobernante, olvida que la libre expresión tiene más vigor que cualquier ejército de ‘guerreros digitales’. 

La pelea en las redes y en los restaurantes resultará perniciosa para sus propios planes a futuro. Primero, porque el llamado de Moreno al diálogo y a la tolerancia levanta hoy más interés que cualquier baja pasión. Y porque esa necesidad de reconciliación blindará su gobierno que para muchos, incluyendo varias voces del correísmo, era visto como transitorio. 

Perder el poder obliga a darse un baño de realidad y un expresidente, ante todo, tiene que responder como un estoico a las críticas ciudadanas y al juicio de la historia. Correa puede darle nuevos bríos al papel de un expresidente y proyectarse como un faro que oriente las discusiones nacionales. Caso contrario, será otro personaje más que destruya la democracia. De esto último, el Ecuador ya ha tenido bastante.