Guardianes de la balanza de pagos | Vistazo

Guardianes de la balanza de pagos

Opinión, Alberto Acosta-Burneo

Alberto Acosta-Burneo

Guardianes de la balanza de pagos

Viernes, 04 de Agosto de 2017 - 11:41
En la última década, Ecuador se transformó en un país costoso para vivir y para producir. El gobierno incrementó los salarios reales en 50 por ciento, mientras que los precios internos subieron 23 por ciento más rápido que en Estados Unidos.
 
Las nuevas autoridades reconocen la necesidad de reducir los costos internos de producción. Proponen la devaluación fiscal para restablecer la competitividad perdida. Aseguran que los exportadores podrán mejorar sus ventas si reciben un subsidio en sus aportaciones patronales a la seguridad social. Hasta ahí todo suena muy atractivo. Pero como en economía “no hay almuerzo gratis”, debemos preguntarnos: ¿quién pagará este beneficio? 
 
Es aquí en donde el gobierno no es lo suficientemente franco como para reconocer que toda devaluación busca reducir los salarios reales. En otras palabras, que somos los ciudadanos quienes vamos a pagar ese subsidio a los exportadores. Expliquemos por qué.
 
La devaluación fiscal, que ya ha sido utilizada en otros países, funciona a través de dos instrumentos en paralelo: un subsidio a los sectores exportadores y un impuesto a productos eminentemente importados (en España se incrementó el IVA de manera diferenciada). 
 
Los supuestos beneficios de la devaluación se producen porque los salarios y los precios domésticos demoran en ajustarse a la nueva realidad. Mientras este proceso no concluye, se registra un impulso en las exportaciones y se desincentivan las importaciones. Esto es lo que consideran tan beneficioso aquellos que equivocadamente miden el bienestar de la nación a través de la balanza de pagos. 
 
Ahora veamos qué pasa desde la perspectiva de los ciudadanos. La devaluación fiscal destruirá empleos (principalmente urbanos) en los sectores cuyos precios se incrementaron, mientras que generará nuevas plazas de trabajo en la exportación (principalmente en el campo). Pero la devaluación no garantiza que la suma de estos dos impactos resulte en un incremento en el empleo total en la economía.
 
Como la devaluación fiscal reduce la capacidad adquisitiva de los ciudadanos, los ecuatorianos tendremos que exportar más para adquirir la misma cantidad de bienes que comprábamos del exterior antes de la adopción de esta medida. Igual que cuando el sucre se devaluaba, la plata alcanzará para comprar menos y se reducirá el nivel de vida de la población. 
 
Es momento de sustituir las prioridades de la política económica y colocar en el centro al ciudadano. Es impresentable que se quiera cargar nuevamente a la población con el costo de los desequilibrios generados por la insostenible política expansiva del gobierno.
 
Propongo otras alternativas para reducir costos de producción y aumentar competitividad: disminuir las tarifas eléctricas para transferir a los productores el ahorro que genera la producción hidroeléctrica, reducir la tramitología, racionalizar el esquema impositivo y bajar aranceles a la exportación a través de la firma de acuerdos comerciales. Todas estas opciones requieren limitar la política estatal intervencionista. La dolarización quitó al gobierno la capacidad de meter la mano al bolsillo de los ciudadanos. ¡No se la devolvamos a través de la devaluación fiscal!