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Opinión, Alfredo Pinoargote

Alfredo Pinoargote

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Viernes, 21 de Julio de 2017 - 11:32
Está claro que el proyecto político tiene un nuevo estilo y solo el tiempo dirá si la agria divergencia entre Lenín Moreno y Rafael Correa es parte también de esta oxigenante alternativa.
 
Al respecto el arte de la política, que es el de lo posible, ofrece varias alternativas. La más creíble es que el ensimismamiento del saliente lo lleva fácilmente a los exabruptos, pero históricamente estas bravatas han sido siempre bien administradas por sus autores.
 
Simplemente le dan credibilidad a la discrepancia, pero el meollo está en que si la discrepancia es acordada. Porque bien manejada le conviene no solo al proyecto político, le podría también convenir a la ciudadanía y eventualmente al entrante o al saliente, según los resultados económicos.
 
De esa manera el proyecto político logra continuidad y cambia definitivamente de líder, o funciona la piola y vuelve el liderazgo al saliente, o no funciona y el proyecto político se fractura como cualquier populismo dando cabida a un líder de oposición que aún no se divisa en el horizonte.
 
La médula está en las modificaciones al modelo político y económico. Entre las opciones de hacerlo por vía constitucional y definitiva, que ninguno de los candidatos de oposición tuvo el coraje de proponer correctamente a través de una constituyente, y la de no ofrecer ningún cambio constitucional, que fue la postura del candidato del proyecto político, ahora empieza a asomarse la de los cambios mediante reformas a leyes clave.
 
Lo cual apuntala la hipótesis de que los líderes lúcidos del proyecto apuntan a su vigorización y no al canibalismo. Porque si no es así el único sentido político del diálogo es bajar tensiones y pasear a la oposición en el pendejómetro.
 
Pues qué sentido tienen un consejo consultivo económico y tributario o un frente anticorrupción y los diálogos si al final del camino se persevera en el déficit fiscal y el endeudamiento o en la impunidad manifiesta en el caso Odebrecht sin que aún aparezcan sobre la palestra los jugosos contratos con China que superan todo.
 
Y superan todo porque van desde los 8 mil millones de deuda comercial a corto plazo hasta contratos en hospitales, escuelas, carreteras, puentes, plataformas arquitectónicas e hidroeléctricas pasando por la preventa del petróleo y su injustificable intermediación.
 
Dados los antecedentes de impunidad histórica de liberales, velasquistas, partidocracia y revolución ese nudo gordiano solo se puede deshacer de un tajo. Y esto significa no entrar al bosque impenetrable de tanta corrupción sino cortar una sola cabeza que limpie a la revolución y a su débil oposición.
 
De allí que el juicio político al vicepresidente Jorge Glas, encargado por Rafael Correa de los sectores estratégicos, es el termómetro de hasta dónde se va a llegar. El solo hecho de enjuiciarlo ya es un sacudón a todo el tablero y llegar a la censura es la garantía de estabilidad del nuevo estilo aunque en la práctica cumpla con todo lo demás a medias.