El enésimo espejo del PRI | Vistazo

El enésimo espejo del PRI

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

El enésimo espejo del PRI

Viernes, 16 de Junio de 2017 - 13:22
En la liturgia de su secuestro del poder, el Partido Revolucionario Institucional de México preservó durante 70 años tres mecanismos no escritos, pero insalvables:
 
1. El fraude sistémico, practicado incluso en elecciones carentes de un contrincante o amenaza real, inflando los paupérrimos índices de participación de un electorado deprimido y apático.
 
2. El dedazo, sacralización de la voluntad del Presidente de turno en la designación de su sucesor, precedido por la filtración de sus precandidatos- secretarios de Estado para iniciar divisiones que fortalecieran su influencia.
 
3. El encarcelamiento o apartheid político de una figura señera del sexenio anterior, a los pocos días de efectuada la transmisión del mando hacia el nuevo Presidente. 
 
Tal dardo envenenado contra el círculo del autor de su designación era un ritual asumido y promovido dentro de una organización a medio camino de lo político y lo criminal.
 
El PRI nació para pacificar a las llamadas familias revolucionarias que, tras luchar contra la reelección indefinida de Porfirio Díaz y a favor del sufragio efectivo, la reforma agraria, la modernización del Estado, etc., no paraban de asesinarse y confabularse: tras la ejemplarmente progresista Constitución de 1917 –en proporción histórica, mucho más efectiva y menos lírica que la ecuatoriana de Montecristi 2008–, las facciones de Obregón, Carranza y otros caudillos organizaron o bendijeron los asesinatos de los líderes más populares –en la doble acepción del término– de la revolución: Pancho Villa y Emiliano Zapata. 
 
La nueva generación y la nueva clase política parida por las exigencias de “Sufragio efectivo-no reelección” y “Tierra y Libertad”, tradujo las grandes demandas nacionales y regionales en un complejo y sofisticado aparato de represión y justicia social capaz de garantizar su continuidad en el poder mediante el reparto del mismo. 
 
Aunque los términos de la actual transición interna del partido-Estado gobernante en Ecuador estén alterados en relación al paradigma del PRI, sus dinámicas y operaciones significan y develan estructuralmente fenómenos similares. El cerco hacia el vicepresidente Jorge Glas no parece haber nacido de la voluntad de los asesores de la izquierda burocrática de Lenín Moreno, pero lo esperaron con paciencia, y no les ha venido mal a quienes tras 10 años de disciplinada –y enriquecida– sumisión ante la hegemonía de la derecha correísta, hoy son capaces de hacer lo que hasta hace dos semanas ellos y ellas mismas catalogaban como un crimen: llevar la contraria al Lord Voldemort de la Bondad (Rafael Vicente Correa Delgado). 
 
El problema es que su aparente reconquista del poder (para lo cual han recurrido en puestos claves del Gabinete a la rancia derecha de Isabel Noboa), parasitando a la organización que a muchos –sobre todo al grupo de Gustavo Larrea, que absurdamente permanece en las sombrasles dio una patada en el trasero, se explica en buena medida gracias a la contención y contubernio de la justicia nacional e internacional para postergar la publicación de la lista de Odebrecht. 
 
Pero no sólo la complicidad con las mafias del pasado señala la poca confianza y el escaso crédito que pueden despertar los maquillajes y las utopías del equipo de Moreno, tan en guerra soterrada y abierta contra los equipos de Glas y el propio Correa, como en negociación permanente con ellos. Es, sobre todo, un problema de su propio devenir y de su actual presente.