Asombro en Los Ángeles | Vistazo

Asombro en Los Ángeles

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

Asombro en Los Ángeles

Viernes, 07 de Julio de 2017 - 13:09

Acabo de pasar junto a mi compañera, Pilar Aranda, cuatro intensos días en Los Ángeles, invitados a ofrecer una conferencia teatral sobre las metodologías artísticas y pedagógicas de nuestro grupo, Muégano Teatro, dentro de la exposición “Círculos de tiza” (Chalk circles) del REDCAT, teatro-galería de la Universidad CalArts en pleno centro de dicha ciudad. 

Ideada para pensar los límites, relaciones y posibilidades entre teatro y artes visuales en la historia y el presente del performance, el interés de los curadores de la muestra en nuestro trabajo obedeció a la forma singular en que para ellos Muégano ha entendido experimentos y tentativas del teatro épico y, sobre todo, el teatro didáctico de Brecht, en sus palabras “uno de los pocos creadores teatrales respetados y paradigmáticos para los artistas visuales”. 

Para nosotros la representación clásica de un papel –operación rechazada en prácticas y teorías contemporáneas, críticas con la mímesis y la reproducción–, impone un ejercicio performático atenido al presente y a la realidad, donde lo didáctico del teatro no consiste en actrices y actores evangelizando al público con la palabra sagrada de un autor plenipotenciario, sino en la producción de instancias de asombro y autodescubrimiento a ofrecer y compartir, de manera ambigua, a la vista del otro.

En tal sentido, lo que se mostraría o enseña (en la doble acepción de espectáculo y escuela), no será una ideología, sino una práctica, y el espectador y la espectadora aprenderán, en todo caso, a aprender. Laboratorio donde ensayamos la vida, teatro significa lugar privilegiado para ver. Y en lugar del espejo de la realidad, es su martillo. 

Para nosotros, enseñar teatro o actuación no radica en la transmisión de técnicas capaces de generar virtuosos despliegues de histrionismo, sino en su puesta al servicio de una ética, una disciplina y una tan humilde como abismal, divertida y dialéctica investigación sobre la herida propia, donde tanto un texto clásico de Shakespeare, un ejercicio de creación colectiva o la performance más posmoderna se legitimarán no desde la estética, sino en tanto funcionen como bisturí o escalpelo de los con ictos actuales y pendientes de una comunidad. 

La palabra clave es asombro: su diferencia radical con la mera sorpresa es que el asombro solo puede producirse ante lo profundamente familiar y ya conocido. Poner en jaque a su propia sociedad, burlarse hasta la sangre de las creencias hegemónicas, es el único servicio social que se le puede demandar a un artista. 

En el caso de esta invitación y viaje, no puedo dejar de consignar mi asombro ante el rol que juegan las fundaciones privadas en la promoción del arte y la cultura, para decirlo con ironía, “en el imperio”. Las siglas del REDCAT contienen los nombres de Edna y Roy Disney, hermano mayor y cerebro económico de la empresa fundada por su hermano Walt, un personaje discutible como pocos en la propia historia y el entendimiento de la acción. 

Sé, sin ingenuidad, cuánto y cómo ello juega un papel preponderante en la cooptación e integración de la propia disidencia al sistema. Pero en un mundo como éste, y en un país gobernado hoy por un fantoche como Trump, la normalidad con que una ciudad como Los Ángeles parece asumir su diversidad racial y cultural me resultó ejemplar (en sordina de este comentario, no dejo de pensar en “Mulholland Drive” y todas las demás películas donde el genial David Lynch devela las pesadillas agazapadas tras la abrumadora amabilidad del sueño americano).