Arte y política | Vistazo

Arte y política

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

Arte y política

Viernes, 19 de Mayo de 2017 - 11:19
Por un lado, la potencia y legitimidad del arte obedecerían más a su capacidad para interrogar y colocarnos ante precipicios, jolgorios y penumbras que a la posible claridad de sus en todo caso insuficientes respuestas. Por otro, la relación del arte con el dinero, el mercado, la revolución y la propaganda parecería ser al mismo tiempo tan fructífera como ardua. 
 
​¿Puede una película, una obra de teatro o una canción propiciar una revolución? ¿Y de qué dimensión tendría que ser una transformación para verificar su eficacia? La chilena Peña de los Parra o la vieja Nueva Trova Cubana expresaron y contribuyeron a la conformación de una crucial vertiente de nuestra identidad latinoamericana, tan apátrida como profundamente nacionalista a la vez. Y en muchas ocasiones la inutilidad ha sido la metáfora anarquista o la opción más radical de la emancipación. 
 
Al final de “La edad de la ciruela”, las dos hermanas protagonistas se despiden de su infancia comprometiéndose a crecer en sus propios términos, esto es: dejar de servir para algo, para alguien, para nada, y así romper con el rol tradicional de servidumbre adjudicado a las mujeres de su familia. 
 
Y en “El último emperador”, el despojado heredero del imperio chino exige a su celador y maestro-correctivo que deje de fingir interés en él, pues él sabe que simplemente quiere utilizarlo. Su maestro y celador lo desarma: “¿Y qué tiene de malo ser útil?” 
 
Una pregunta que me ha rondado, sin respuesta, desde que vi la película de Bertolucci, director al que admiré por “1900” y del que nunca vi “El último tango en París”, en la que él y Marlon Brando, lo sabemos ahora, se coludieron para violar en cámara a Maria Schneider, un crimen contra la dignidad de la persona y, me parece, del propio cine. 
 
“Los pájaros” sigue siendo una de mis películas favoritas, aún tras conocer la tortura que Hitchcock le preparó a Tipi Hedren en su escena más famosa (otra vez un patriarca violentando a una mujer). 
 
Ella defendió su papel hasta el límite de volverse realmente coautora de un filme inimaginable sin su trabajada presencia. Y quizás las éticas de Nabokov en “Lolita”, Lewis Carroll en “Alicia en el país de las maravillas” y Barrie en “Peter Pan” (ficciones al límite de la fantasía y el ejercicio de la pedofilia), probablemente tengan que ver con haberse expuesto a ventilar pulsiones evidentemente humanas. No lo sé. 
 
Por otro lado, no hay arte más político que el cine comercial. En “Toy Story”, remasterización de la historia de los Estados Unidos a través de la divertida tensión y el conmovedor armisticio entre el vaquero Woody y el astronauta Buzz Lightyear, Hollywood refrenda su eterna vocación evangelizadora, enseñándonos a amar con ternura a los agentes de la conquista del salvaje oeste y luego del espacio sideral. Hollywood es como Alianza PAIS y el PRI: de izquierda y de derecha al mismo tiempo. O ni de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario. 
 
Por mi parte, yo conservo entre mis recuerdos a “La sociedad de los poetas muertos” (Peter Weir, 1989); a “Dolls” (Takeshi Kitano, 2003); y a la pieza “La casa de Rigoberta mira al sur” (Arístides Vargas, 2002), como experiencias reales que, en momentos claves de mi vida, me insuflaron de coraje, me preservaron de impulsos autodestructivos y me dieron imágenes y modus operandi concretos de mis propios deseos. También en este sentido es que el arte es político.