Alianza PAIS es genial y es nuestra | Vistazo

Alianza PAIS es genial y es nuestra

Opinión, Santiago Roldós

Santiago Roldós

Alianza PAIS es genial y es nuestra

Viernes, 21 de Julio de 2017 - 11:49
Ideológica en apariencia y superficie, la confrontación Correa-Moreno no es una de principios. En furibundo ataque contra su sucesor, Correa filtró la plena en Tababela: “Nosotros llegamos aquí para acabar con el reparto”. Tal cual.
 
Tras el desgarramiento de vestiduras del pacto y entrega de empresas “al bucaramato” (¿no forjó Alianza PAIS gran parte de su conquista de la Costa de la mano de exmiembros del PRE, cooptados durante una década, como tantos exgutierristas y socialcristianos reciclados?), voceros y voceras de la pureza verdeflex lloran de indignación no por crímenes contra el Estado, sino por haber perdido tajadas de un pastel hasta ayer patrimonio de sus familias.
 
Correa, que en menos de 100 días ya logró el papel de líder de la oposición, punto de partida de su proyecto de ser el Perón del Ecuador, no renunció a su reelección por cansancio, sino por conveniencia, para no administrar la crisis producida por su gestión; y Lenín Moreno (su delfín y cómplice, al menos por omisión) no convoca al diálogo por convicción democrática, sino por necesidad de supervivencia, en un país al que se le agotaron las fuentes de financiamiento.
 
Sus dos principales operadores políticos, Gustavo Larrea, y el nicaragüense Eduardo Mangas, esposo de María Fernanda Espinosa y presidente de los directorios públicos más importantes, son personajes prototípicos de izquierdas focucheanas, fascinadas por su influencia, como burocráticas y maquiavélicas, cuya única razón de ser es la captación del poder.
 
Sólo en ese sentido hegemónico y paraestatal la izquierda ha regresado a Carondelet, y su posición ya no es de fuerza, como en los primeros años de un Correa capaz de retar, arrodillar, domesticar y finalmente interesado en pactar con el poder económico a cambio de sumar nuevos oligarcas, como él mismo y los hermanos Alvarado Espinel, o apuntalar fortunas y procedimientos, como los del zar petrolero Cadena, pruebas palmarias de la demagogia de un discurso nacionalista, realmente mercenario contra nuestra soberanía.
 
Pese a todo su despotismo, Correa se mantuvo con éxito porque el mercado, en todas sus derivas, lo sostuvo. Y la implacable evidencia de la dura recesión que se avecina explica la obsecuencia de los medios y la casi totalidad de la clase política respecto a la sonrisa de un presidente Moreno debilitado en un santiamén.
 
Fue patético ver y escuchar a Lenín pedir un aplauso para el líder que acababa de tildarlo de traidor, en medio del abucheo de la misma fuerza de choque que insultó y vejó a políticos y periodistas en el juicio contra Martín Pallares.
 
La cuestión es: ¿dónde está el pueblo? No los periodistas, ni los políticos, sino la organización social llamada a resistir, independientemente de cercanías ideológicas y canonjías gremiales y particulares. Un gran curador venezolano radicado en Los Ángeles me decía que la gran e increíble coincidencia entre chavistas y oposición es la facilidad con la que piensan a sus respectivos adversarios como simples “cuatro pelagatos”.
 
La realidad es que grandes sectores de Venezuela, pese al desastre actual, siguen siendo chavistas y bolivarianos, sea lo que sea que este significante les signifique, del mismo modo en que el problema del correísmo es su genuina fuerza popular, comparable ya a otros grandes referentes de nuestra historia, y no únicamente por su arrastre personal ni el tonelaje de su obra pública, ciertamente pendiente de espulgar su corrupción, sino por el espejo que ha logrado construir del propio pueblo.
 
Es decir: de sus aspiraciones y modos de relación. Esto es lo que hay que debatir y desmontar.