Los relatos de Fidel | Vistazo

Los relatos de Fidel

Opinión, Carlos Rojas Araujo

Carlos Rojas Araujo

Los relatos de Fidel

Viernes, 16 de Diciembre de 2016 - 10:16
Murió un personaje fundamental. Un hombre que cambió la historia de América Latina para bien y para mal. Alguien a quien no se le puede dar la espalda, porque hacerlo sería empujar de nuevo a todo un continente a inventar otro Fidel Castro: símbolo de la dignidad latinoamericana convertido, 60 años después, en el espectro de un caudillo fuera de época. 
 
En estos días de luto cercano, los defensores de la utopía del Comandante han pretendido levantar un monumento eterno para resaltar los valores de su revolución. Aunque en la era de la información libre, de las redes sociales y del conocimiento en permanente construcción, la historia ya no la redactan los poderosos. El mito de Fidel, entonces, se vuelve de carne, hueso y cenizas para que las nuevas generaciones aprendan las lecciones importantes que dejó, como diría el compositor Carlos Puebla, ‘la firmeza de su brazo libertario’. 
 
Hay políticos e intelectuales que aseguran que la Cuba de Castro es más pobre y atrasada que aquella que su carisma y el fusil de sus guerrilleros conquistaron en 1959. Un aserto difícil de sostener para quienes advierten que en un país justo y boyante no hubiese calado una gesta de esas dimensiones. Y que el alto desarrollo humano de los cubanos de hoy no tiene precedentes, pues solo es cuestión de que termine el infame bloqueo estadounidense, para mostrar la verdadera madera de la revolución. 
 
Lejos de caer en los apasionamientos propios de las polarizaciones, la gran lección que deja el castrismo es que las revoluciones no pueden ser eternas; representan solo una etapa importante, aunque relativamente corta, de transición, cuyos cambios profundos deben derivar en una auténtica democracia. 
 
Lo que la propaganda y la censura hagan para mantener vigente ‘el sueño revolucionario’ solo tiene como fin alimentar un modelo autoritario de poder, donde el pueblo solo se convierte en un pretexto discursivo. 
 
Al único que le sirve alargar el cuento de la revolución hasta el final de sus días es al caudillo. Fidel Castro o Francisco Franco volvieron a sus pueblos dependientes de sus designios, tanto en sus años de lucidez como de postración y decadencia.
 
Castro nunca perdió su condición de paladín latinoamericano y desde esa sensación de grandeza, poder y ambición que su figura emanaba, nos quedamos con el relato construido en los albores de la Revolución Cubana, cuando se decía que los pueblos pueden y deben ser libres; y que el Estado, además de velar por esa soberanía, puede construir instituciones que velen por toda una sociedad y sin privilegios. 
 
Ahora, desde las sombras del castrismo cabe mostrar el otro relato; quizás el más importante. La libertad por la que luchó Cuba en 1959 debe ser plena y, para conseguirla, el pueblo tiene que caminar hacia un modelo democrático, donde la alternancia y la pluralidad sean el espacio en el que la sociedad se cultive. Endosar el futuro de un pueblo al liderazgo de un caudillo, significó para Cuba 60 años de un sistema de dominación que reclama a gritos un punto final. Castro murió, el pueblo cubano merece una nueva oportunidad.  (O)