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¿Quién le teme al cine iraní?

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¿Quién le teme al cine iraní?

Ileana Matamoros
Martes, 04 de Abril de 2017 - 13:04
Se acaba de estrenar en salas nacionales (8 y medio y Supercines) la película iraní que ganó el Óscar 2017 al mejor filme de habla no inglesa. “The Salesman” era la gran favorita para llevarse la dorada estatuilla: venía ganado en el Festival de Cannes como Mejor guion y Mejor actor, y fue la Mejor Película extranjera en el Festival de Munich, entre otros premios importantes.
 
Este es el segundo Óscar que obtiene su director Asghar Farhadi, pues en 2012 logró el mismo reconocimiento por “Una separación”. Pero esta vez Farhadi decidió no asistir a la fastuosa ceremonia de Los Ángeles, en protesta por las restricciones que el gobierno de Donald Trump impuso a ciudadanos de países de mayoría musulmana.
 
 
La fama de calidad y profundidad del cine iraní es bien ganada. Allí están los filmes de Abbas Kiarostami, en la moderna frontera entre la ficción y el documental, o aquellas películas donde la inocencia de la infancia es la protagonista como en “Los niños del cielo”.
 
A pesar de las restricciones que impone censura del la República musulmana, la creatividad y la voluntad de trasgresión de sus creadores y creadoras (y acá vale la precisión de género, las limitaciones que viven las mujeres en Irán no han sido obstáculo para su participación en la realización cinematográfica, que  no tiene nada que envidiarle a cualquier país occidental), es mundialmente famosa. 
 
Sin embargo, aceptémoslo, no falta quien se intimide frente a lo que podría parecer un denso reto intelectual o una experiencia demasiado exótica.
 
Pero les doy mi palabra: no hay que temerle al cine iraní, y mucho menos a las películas de Farhadi. Este director conjuga en sus ficciones el drama doméstico y de pareja con el género policial de manera apasionante. Sus historias tienen un ritmo que no dan respiro, y si bien nos adentran en un universo cultural diferente, sus personajes permiten identificarnos con ellos en su dimensión más humana, de manera que la reflexión sobre qué tan diferente es aquella sociedad a la nuestra, sucede casi sin darse uno cuenta. 
 
En “The salesman”, Emad y Rana, son una pareja de Teherán,  un matrimonio joven, profesional y sin hijos en aquella metrópoli de 8 millones y medio de habitantes. Pertenecen a una clase media intelectual: él es docente de literatura en un colegio, y ambos forman parte de una compañía de teatro que está a punto de estrenar una obra del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, Muerte de un viajante.
 
Acatando la censura, por supuesto: el vestuario personaje femenino que debería salir semidesnuda se ha resuelto con una peluca de pelo suelto y un sobretodo rojo y ceñido. Una situación que causa risas y algún enojo, pero que en general el elenco se toma con humor.
 
 
Durante la primera parte  del film, la pareja protagonista se nos presenta enamorada, racional, e inmersos en un medio artístico en el que hombres y mujeres trabajan juntos y sin prejuicios.  Particularmente,  Emad nos resulta un hombre amable, generoso y solidario. Pronto ese equilibrio se resquebraja.
 
Rana sufre un confuso ataque de naturaleza sexual en un departamento al que el matrimonio acaba de mudarse. Ella no quiere presentar cargos en la policía, y Emad se transforma en un implacable investigador que seguirá las pistas hasta dar con el abusador, sin que su esposa lo sepa.
 
Paralelo a la trama que desarrolla el objetivo detectivesco de Emad se intercalan escena de los ensayos y las funciones de la obra de teatro, cuya historia que se convierte en un reflejo del conflicto. Cuando Emad y  Rana están en el escenario, se van colando emociones y proyecciones de su “vida real”. Rana entiende que lo que su esposo busca es una venganza sin concesiones que ella misma no desea.
 
Así como lo ha hecho en sus películas anteriores, en The Salesman Farhadi habla de la sociedad iraní y  de sus prejuicios a través de una pareja, y de la situación de las mujeres en aquella sociedad ultrareligiosa y patriarcal (¿muy distinta acaso a la nuestra?).
 
Pero la intensidad y la intriga del relato hace que casi perdamos de vista las particularidades del entorno social, y nos resulte una historia que puede suceder en cualquier parte del mundo, y a cualquiera de nosotros, seres humanos finalmente, e intérpretes de los papeles que la sociedad impone, o que nos imponemos nosotros mismos.